17 de enero de 2021 | Internacionales.

Corrección política: para no estigmatizar, la OMS no utilizará más la referencia a países en su nomenclatura

LONDRES.- Gran Bretaña tiene abiertos dos frentes muy complicados: no solo tiene una de las tasas de mortalidad por coronavirus más altas del mundo, sino que también está quedando vinculada -o al menos etiquetada- como el origen de la versión super contagiosa del virus que arrasa actualmente el mundo: la temible «variante británica».

«La Organización Mundial de la Salud pide intensificar el combate contra la variante británica», anunciaba la cadena CNN. «Advertencias de una nueva espiral de casos en Estados Unidos por el avance de la variante británica», publicó New Scientist. «Detectan la variante británica en Ohio», informó el sitio Cleveland.com.

Hace un año, cuando el coronavirus se propagaba desde Wuhan para convertirse en una pandemia global, hubo reacciones en contra de demonizar a China asociándola al patógeno con etiquetas como «virus de China» o «virus de Wuhan». El presidente Trump hizo caso omiso de esos pruritos y sumó epítetos de su propia cosecha, como «virus chino» y «kung-flu».
Pero con la «variante británica» nadie ha reaccionado. Es una de las tantas mutaciones que son nombradas por el lugar donde primera de las detectó, como la «variante sudafricana» y la «variante brasilera». Pero la variante detectada primero en Gran Bretaña es la que más repercusión sigue teniendo: el viernes, los Centros para el Control y Prevención de las enfermedades (CDC), predijeron que dentro de dos meses la británica será la variante preponderante en Estados Unidos.

Mike Ryan, máximo funcionario de emergencias de la OMS, reconoció que los gentilicios aplicados a un patógeno pueden convertirse en un problema.

«Es sumamente importante que cuando la gente habla de variante ‘británica’ o ‘sudafricana’, no le asignen un valor, porque esos países no son los causantes del problema», dijo recientemente Ryan en conferencia de prensa. Por el contrario, dijo, «esos países deberían ser elogiados y emulados» por invertir recursos en ese tipo de monitoreo sanitario.
La OMS respondió a una consulta del diario The Washington Post asegurando que «muy pronto» presentarán un nuevo sistema de nomenclatura sin referencias al nombre de los países.

El nombre técnico de la variante identificada por primera vez en Gran Bretaña es B.1.1.7.

Son nombres que en el noticiero vespertino no funcionan, pero Andrew Rambaut, biólogo evolutivo de la Universidad de Edimburgo y uno de los autores de un artículo que pedía el actual sistema de nombres de linajes, explica que esa sigla misteriosa contiene mucha información.
«B» refiere a la variante original observada en Wuhan a principios de 2020. «B.1» se asocia con el gran brote en Italia y Europa central de la primavera boreal pasada. «Te va contando la historia», agrega Rambaut. El biólogo dice que con sus colegas se refieren a la variante usando la sigla científica, aunque admite que al principio usaban la etiqueta geográfica.

«Le decíamos ‘la de Kent’, porque ahí es exactamente donde apareció», puntualiza Rambaut. «Pero nos esforzamos por dejar de hacerlo, porque es un detalle que rápidamente se vuelve insignificante. No tiene sentido hablar de ‘variante británica’, cuando ya está en 50 países del mundo.»

Sharon Peacock, presidenta del Consorcio Genómico Covid-19 del Reino Unido, líder mundial en la secuenciación de las cambiantes mutaciones del virus, dice que un problema de nombrar las variantes a partir de lugares geográficos es que el sitio donde la variante se manifiesta por primera vez y el lugar donde es descubierta pueden ser muy diferentes.

Como Gran Bretaña está secuenciando más genomas de virus que cualquier otro país, muchas de las variantes actuales y futuras podrían «descubrirse» allí, aunque hayan surgido en otro lugar y hayan llegado a territorio británico a través de viajeros internacionales.
«Cuantas más secuencias genómicas se realizan, más variantes se encuentran», dice Peacock. «La primera detección no equivale a la primera manifestación del virus.»

Peacock concuerda en que la terminología es confusa. Incluso ella y sus colegas a veces tropiezan y hablan de la variante «sudafricana» o «brasileña».

Jeffrey Barrett, genetista estadístico de covid-19 del Instituto Sanger, que está secuenciando alrededor de 10.000 genomas del coronavirus por semana, dice que diseñar un sistema de nomenclatura «no es cosa fácil».

Barrett dice que al principio tiene sentido que los científicos usen un sistema técnico, «porque no se sabe cómo va a cambiar y crecer el virus», y nombrar miles de mutaciones con nombres distintos y rápidos no serviría de nada. Pero si surge una variante preocupante, como la B117, «terminas cayendo en nombre más pegadizos, algo que sea mínimamente reconocible para la gente.»

Stephen Mawdsley, historiador de la Universidad de Bristol, dice que la OMS tiene «bastante razón» en proponer una nueva nomenclatura, ya que los nombres vinculados a países «no sirven».
«Son términos problemáticos que solo sirven para estigmatizar a los grupos nacionales y limitar la cooperación internacional», dice Mawdsley. «De hecho, las enfermedades contagiosas, especialmente las que pueden evolucionar en pandemia, son un problema internacional y así deben encararse.»

La pandemia de gripe de 1918 también fue mundialmente conocida como la «gripe española», etiqueta que España detesta: la enfermedad no se originó en ese país. Mawdsley dice que algunas fuentes históricas sugieren que los soldados estadounidenses pueden haberla traído a Europa durante la Primera Guerra Mundial. Pero España fue el primer país en reportarlo, y desde entonces no logra sacarse el mote de encima.

Cate Newsom, directora general de Evviva Brands, dice que «Covid» ha funcionado bien como nombre, ya que «es neutral, no señala con el dedo a nadie». Pero también dice que sería bueno «tener algún tipo de sistema, para evitar ese tipo de escenario en el que un virus se atribuye a un lugar. Tendría que ser un sistema como el que se usa para nombrar a las tormentas o los huracanes, que es un enfoque sistémico mucho más neutral. Nadie culpa de una tormenta a las mujeres llamadas Katrina.»
Newsom dice que quienes diseñen esa nomenclatura deberían tener en cuenta que si los nombres son demasiado complicados, el público los terminará acortando. «Tiene que ser algo lo suficientemente corto como para que la gente lo pueda recordar, tres sílabas, si son dos mejor».

La B117 fue detectada a fines del otoño boreal y tomó vuelo entre fines de noviembre y principios de diciembre, cuando los científicos advirtieron que se propagaba como reguero de pólvora por todo el sudeste de Inglaterra. La variante es hasta un 70% más contagiosa y es una de las principales razones del virtual confinamiento de Inglaterra en este momento.

El debate sobre el nombre no se limita al lugar de origen. ¿Deberíamos referirnos a estos nuevos hallazgos como variantes, cepas, mutaciones, cambios, derivaciones?

«Entiendo la confusión. Por supuesto que son virus, pero no son nuevos virus», dijo el viernes el director del Centro de Investigación de Virus MRC de la Universidad de Glasgow, Massimo Palmarini, durante un webinario con periodistas científicos.

«Hace un rato, decíamos en broma que si metemos a 20 virólogos en una habitación, todos van a usar el término que prefieren, y van a ser todos distintos», dijo Palmarini. «Pero el término de consenso es que se trata de variantes.»

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